que aquella terrible ocasión de nacer
nos conduciría hasta este punto.
a ti y a mi.
Desnudos de propósito.
despojados de toda certeza,
arrojados a la misma tormenta de viento y lluvia
a la misma marea que sacude la piel de los días.
Y allí,
inclinados sobre el tiempo:
mirarnos,
intuirnos,
sentir el roce de una presencia invisible,
como quien percibe el calor de un cuerpo,
antes de atreverse a tocarlo.
Nos observábamos en silencio
cada uno desde un lado distinto del rio,
mientras el agua arrastraba preguntas
y el deseo aun no conocía su nombre.
Buscando descifrar tu rostro,
buscando descifrar el mio.
Descubriendo poco a poco,
que algo nos atraía hacia el centro de la corriente,
hacia ese lugar donde las distancias se vuelven frágiles
y la mirada permanece mas tiempo del necesario.
Tu detras de tu misterio,
yo detrás del mío,
ambos ocultos
tras aquella cortina leve y temblorosa
que el destino iba des corriendo lentamente,
como dedos pacientes sobre una piel que despierta,
hasta dejarnos frente a frente.
reconociéndonos,
mucho antes de comprendernos.
Mucho antes de saber,
que ya habitábamos el mismo sueño de agua.
Y mientras el río guardaba sus distancias,
tu sombra rozaba la mía en el agua,
como si nuestros cuerpos ya supieran
lo que nuestros nombres aún ignoraban.
Eramos dos fuegos inclinados sobre la misma corriente,
dos respiraciones buscándose en la niebla,
sin saber que el deseo ya tejía su puente,
de una orilla a la otra.
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