Tras la herida, cuando el cuerpo aun guarda ecos del temblor, comienza el descenso. No hacia la oscuridad sino hacia el fondo donde el alma se reconoce sin m'ascaras.Alli,cada sentimiento se revela como un antiguo dios dormido: el miedo, la ternura, la culpa, la furia. Todos exigen ser nombrados, todos reclaman su ofrenda.
El dolor se vuelve rito: una llama que purifica lo que antes se negaba. En ese fuego interior, la identidad se deshace y rehace, cómo arcilla tocada por la memoria. Reconocerse es aceptar la contradicción--ser luz y sombra, deseo y renuncia, herida y renacimiento.
El viaje no promete alivio, sino concienza.Aprender a mirar el propio abismo sin huir, a tocar la emoción sin destruirla. Y cuando por fin emerge la voz desde el silencio, comprendemos que el dolor fue iniciacion:una puerta secreta hacia la verdad del ser.
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