La lluvia me atraviesa como un conjuro
cada gota es un tambor que marca,
el ritmo de mi soledad.
Camino con el rostro abierto al cielo
siento que el universo me devuelve
el eco de tu ausencia.
El agua desciende como coro antiguo,
purifica mis pasos,
lava la memoria de tu piel,
pero deja intacto el vacío en mi pecho.
Soy parte de un ciclo:
la tierra bebe mi tristeza,
el cielo la devuelve en tormenta
y yo me reconozco en esa danza infinita
donde el amor se extingue,
para renacer en silencio.
Después de ti,
la lluvia no cesa
pero me enseña que la soledad
puede ser sagrada.
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